Ver una flor florecer es un acto muy hermoso que nos hace saber que una vez que sembramos una semilla, siempre hay más, alguna flor o fruto va a surgir de ella. Lo mismo pasa con los seres humanos.

Para nosotros sembrar una semilla equivale a sembrar nuestros sueños, ilusiones, deseos, objetivos, hacer un plan de lo que deseamos en nuestra vida y darle los nutrientes que se requieren para que esto suceda.

Muchas veces parte de esos nutrientes es simplemente soltar nuestros planes al Universo y confiar que con el deseo de nuestro corazón, la energía de nuestro Ser y la contribución del Universo, todo puede suceder. A veces tratar de controlar cada detalle lo que hace es impedir que la energía fluya libremente, así que entonces lo conveniente es soltar el resultado y las expectativas y continuar con nuestro plan de acción, la parte en la cuál sí podemos contribuir.

Cuando seguimos el llamado de nuestro corazón, confiando que estamos sostenidas por el Universo, cuando lo que hacemos alegra cada célula de nuestro cuerpo, nuestro corazón danza de alegría y nuestro brillo es luminoso, es entonces cuando estamos floreciendo.

No se requiere una ardua lucha para florecer, lo que se requiere es confiar en nuestro saber, nuestra intuición, nuestro corazón y nuestro verdadero llamado. Ese que se siente en lo profundo y que todo nuestro Ser grita ¡Sí! Por ahí si es, ¡hagamos eso! Y quizá hacer eso, no parece la tarea más sencilla, pero sí la que más nos llena, la que pone una sonrisa en nuestro corazón, la que queremos compartir con todo el mundo para contagiar nuestra felicidad.

Florecer es saltar al vacío, confiando que no vas a caer, sino simplemente a tomar vuelo para levantarte cada vez más alto. Quiere decir que estás lista para ir a favor de lo que tu alma desea, honrándote a cada paso.

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